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ENTREVISTA


Entrevista a Pablo Ramos, autor de "En Cinco Minutos Levántate María"

"A UN ESCRITOR NO LO FRENA NADA. LA MUERTE, NADA MÁS"

Hace algunos años, luego de una profunda crisis personal, Pablo Ramos descubrió que en su vida había un lugar importante reservado para la palabra escrita. Hoy puede combinar el trabajo de escritor con su veta musical: la presentación de su última novela, editada por Alfaguara, se realizará en la librería Hernández (Corrientes 1436) y promete matizarla con unos tangos a dúo con Sergio Blanco. Y el sábado 23 de octubre estará en el escenario con el cantautor Gabo Ferro en el ND Ateneo para presentar "El hambre y las ganas de comer". Nada mal para un hombre que vive como piensa, y dice lo que piensa. Y piensa como siente. 
En una charla con Cine y Medios, Ramos se dio el gusto de hablar sobre todo: sus temas, la palabra, el rock, los referentes mediocres y sus impresiones sobre la literatura. La suya propia y aquella más general en la que se lo inserta, por ser ni más ni menos un argentino que escribe.

Cine&Medios: ¿Cuál es el momento en el que inequívocamente te das cuenta que vas a convertirte en escritor?
Pablo Ramos: Hubo dos momentos. Un primer momento en el que me di cuenta en que iba a leer, que la lectura iba a ser una compañía muy importante para mí. Fue el momento en que empecé a vivir solo, bastante joven. Posteriormente a eso yo estudié guitarra, quería tocar un poco de música y no sabía cual. Pasé por todas las músicas habidas y por haber: toqué jazz, folclore, toqué el piano, la guitarra, la trompeta, sin verdaderamente tomármelo como un compromiso grande.

C&M: ¿Todo esto de manera autodidacta?
PR: Sí, tengo amigos músicos muy buenos, además soy muy bueno para estudiar solo, pero estudio. Autodidacta sí, porque cuando agarrás un buen libro de método de guitarra no precisás profesor, ya que los métodos son progresivos y bárbaros. La escritura surgió en un momento de mi vida, bajo una circunstancia muy particular, que la conté ya un montón de veces: una internación, en que me estaba haciendo muy bien el tratamiento, pero a su vez me sentía un poco ahogado, en una habitación compartida con cinco o seis personas, en una casa como con treinta adictos haciendo todas unas rutinas de la mañana a la noche, de escribir, porque el programa era escribir. Y los fines de semana te los daban libres, para que te vayas acompañado a tu casa, y yo prefería quedarme los domingos cuando la casa se vaciaba. Empecé a quedarme solo y recuperaba ese momento de soledad que es tan preciado para mí. Entronces arreglé un altillo que había en esa casa, había una máquina de escribir sin el número 6 (por eso le saco el número 6 a todas mis máquinas, en honor a esa máquina primera que tuve). Y sencillamente me di cuenta que todo ese montón de angustia que yo tenía, esa sensación de fracaso muy profunda que tenía en ese momento y que permanentemente tengo en varios aspectos de mi vida se alineaba muchísimo escribiendo sobre el fracaso. Pero no sobre mi fracaso, sobre EL fracaso, o sobre la soledad de escribir, o sobre el suicidio. Me invento un personaje poniéndolo en una estructura de ficción, me he dado cuenta de que lo que yo quería no era hablar de mí, estaba muy cansado de hablar de mí en las terapias. Si bien los personajes parecían un alter ego mío, no es tan así. En el momento en que lo escribo dejo de pensar que soy yo. Soy el que escribe la historia de Gabriel, no soy Gabriel. Ahí me di cuenta que había algo entre curativo y de disfrute; de enfermedad y a su vez de obsesión... En el momento en que empecé a escribir, me di cuenta que podía pasar cualquier cosa en mi vida pero que eso no lo iba a dejar de hacer nunca.

C&M: ¿Y hasta ese momento nunca antes habías tomado la escritura como una actividad que te interesara?
PR: Me interesaba la lectura, pero también me pasó que los escritores que conocía me cayeron muy mal, siempre. De hecho hoy me pasa lo mismo, rara vez... de veinte, quizá, que conozco, uno me cae bien... de veinte escritores que leo uno me gusta, también; siempre fui así, muy hinchabolas. Y cuando veo todo ese ambiente del cual formo parte también, trato de mantenerme lo máximo que puedo aparte, pero porque lo lindo de la escritura y lo lindo de un escritor es el ideal que uno se hace de él. Que es, supongo, lo mismo que pasará conmigo, cuando me conocen se deben querer matar. Uno se hace una idea romántica de alguien... yo nunca imaginé que Faulkner podría ser un borracho al final de su vida que le pegaba a su mujer, que era prácticamente la que le corregía todos los textos, pero era lo que era y nunca hubiera querido enterarme de eso.
Por ejemplo, ahora le dieron el premio nobel a Vargas Llosa, premio que repudio completamente porque repudio completamente a su literatura, y a él en sí. Tiene mucho talento, algunas cosas me gustan. Y entonces va y dice lo que dijo de Cuba, que se arrepintió de haber sido socialista y hoy es un propagandista de EEUU, que es el peor país del mundo, el peor gobierno, que muestra la hilacha todo el tiempo. Desde entonces no puedo tenerlo ni en la biblioteca. Algo que me gusta mucho de la literatura es que, para mí, es inseparable lo que es una persona como escritor de su literatura. Quizá por eso nunca escribí antes. Escribí algunos poemas, letras de canciones, un diario, pero nunca me volví loco por publicar. Eso se dio solo y hoy se da solo, fijate que nunca participé de antologías de jóvenes.
Esta historia nunca la conté, pero yo escribía en Cerdos y Peces con un seudónimo. Y a los 16 años gané un concurso que el jurado era Homero Alsina Thevenet, el primer premio de la revista Playboy, de cuento erótico. Y escribí ese cuento porque había un premio de mil pesos y porque les había dicho a los del café La Paz, a Enrique Symns y todos, que me lo iba a ganar y me lo gané. ¡Y ellos también habían escrito para el concurso! En ese momento yo sabía que podía escribir pero tampoco me volvía loco escribir.

C&MEntonces sí hubo un momento de necesidad en el que esa locura surge...
PR: Fue un momento de necesidad pero fue un chiste: escribo el cuento y me gano el premio. Marco Denevi también hizo lo mismo: “Rosaura a las diez” lo escribió porque había un concurso, y quizá sea uno de los máximos escritores argentinos. No lo nombra nadie, y por ejemplo hablan de microrrelatos, que los inventó Marco Denevi... No sólo los inventó sino que son buenos, mientras los microrrelatos que se publican ahora son una porquería. Me puse a escribir en serio cuando sentí la necesidad de hacerlo por mi vida, para mejorar mi vida. Algún valor tiene la obra que estoy haciendo porque es parte de una profunda, íntima necesidad. No de sobresalir ni nada, sino de escribir. Ahí creo que está el secreto, y mientras eso siga vivo creo que seguiré escribiendo, cuando eso se muera me dedicaré a otra cosa, tanto o más linda, como la carpintería por ejemplo que me gusta mucho.

C&M: Teniendo en cuenta el tema de autodidactismo y retomando la idea de una guía necesaria para formarse, tengo entendido que te has formado en talleres literarios, incluso dictás uno actualmente. En este sentido, ¿cuánto de la nueva narrativa está sujeta a los talleres literarios? ¿tiene que ver con una necesidad de las personas, ya sean los jóvenes o quienes comienzan tarde a escribir?

PR: Hay varias cosas. Primero, no creo que nadie empiece a escribir tarde. Todos empiezan a escribir cuando tienen que escribir. Yo ahora tengo un tallerista de 53 años que escribió su primera novela, que probablemente sea publicada el año que viene porque le encantó a mi editor. Debe ser una de las novelas sobre la dictadura más originales y más bellas que haya leído. El tipo empezó a escribir porque ahora tiene tiempo: este es su momento de escribir, antes hubiera sido una tontería. Muchos de la Joven Guardia no van a talleres literarios, muchos incluso se han reído de los talleres literarios pero después, en el momento de querer ganar un mango dan taller literario, y hay varios ejemplos. Eso me parece hipócrita. Ahora, el taller literario existió siempre en la Argentina: reuniones en el Café La Poesía en San Telmo, en cualquier bar que se juntaran Liliana Heker, Abelardo Castillo, Constantini, David Viñas... todos se juntaban en un taller literario que era un café, a criticarse. De hecho, (Edgar Allan) Poe les leía a sus amigos en una taberna. La literatura es y debe ser un hecho colectivo. No es como la música, que no tenés que decodificarla: yo escribo una historia, un cuento, y vos, lector, no tenés una participación absolutamente pasiva, porque forma y contenido van separado. Vos sos el que une forma y contenido, terminás de esbozar la química. Pero si no miro esa reacción, ¿cómo la corrijo? ¿Cómo sé que estoy dominando el instrumento si no escucho? Por supuesto, hay gente que lo hará solo también, pero esa gente... Fijate Chéjov, con Maximo Gorki, ¿por qué existirían las cartas entre escritores, hablando de lo que están haciendo? Porque es una comunicación muy necesaria. De la misma manera en que uno lee a un escritor que le gusta y tiene ganas de preguntarle cosas. Las entrevistas que uno ha leído de escritores no dejan de ser un taller literario. Esta idea de darle una forma un poquito más definida de taller, donde hay un coordinador, es la consecuencia, la evolución natural de estos juegos. Ahora, si alguien viene a mi taller y no me leyó, yo no lo tomo, porque eso sí me parece absurdo. Yo fui al taller de Liliana Heker y de Abelardo Castillo conociendo su obra de punta a punta y admirando su obra. Además, los admiraba a ellos como personas. No hubiera ido nunca al taller de Mario Goloboff, al de Hebe Uhart, porque no me interesa lo que escriben. No porque sean buenos o malos, sino porque no me interesan ni ellos ni su obra. ¿A qué vas a venir si no me leíste? ¿A buscar qué secreto de qué? Yo sólo le pude dar algo a alguien que ya lo tiene. Lo que se logra en el taller es sacar una hojarasca del alma hasta que al poco tiempo se largan solos y vienen a buscar la opinión de sus compañeros y la mía. Eso es lo maravilloso de los talleres. Por ejemplo, Horacio Convertini, que salío de mi taller: cómo escribe y qué distinto a mí. Yo, con Liliana Heker... ¿qué tengo que ver en lo que escribo? No se corre riesgo de quedarte pegado a nada. Lo mismo cuando te dicen “no estudio letras porque te corta escribir”. No, no. Si a mí no me cortó escribir trabajar limpiando baños en el centro gallego de Avellaneda, imaginate ir a la facultad, ¡dejate de joder! Ese discurso burgués. A un escritor no lo frena nada, nada. La muerte lo frena, nada más. A Borges no lo frenó la ceguera, imaginate.

C&M: Como autor de prosa y de poesía ¿cómo te encontrás en el terreno? ¿Vas derivando en el momento o es también una cuestión de cierta disciplina o método?
PR: No, no, método tengo sólo a la hora de corregir. La poesía se me niega mucho. Últimamente escribo un poema por año y no son muy buenos, a veces uno tiene momentos buenos y lo dejé en un terreno oral. Estoy leyendo en una especie de show y quizá publique en algún momento una docena de poemas que me gustan. Los cuentos son el género que más me gusta; tengo un libro terminado, es distinto al anterior, un poco heterogéneo y está esperando el momento de madurar, de corregir. Pero creo que soy, cuando me defino esencialmente, un novelista. Es mi estructura de pensamiento.

C&M: Es notable porque eso incluso se puede distinguir, en la comodidad con la que te movés en el terreno de la novela.
PR: Porque es mi estructura de pensamiento. De una novela sé todo: para dónde voy, qué quiero hacer, qué va en el medio. Yo me siento a escribir sabiendolo todo, como si ya la hubiera leído a la novela. La voy encontrando, lo disfruto, y si tengo que leer algo quizá el género que más me gusta es el cuento, y el que más me gusta escribir es la novela. En “La ley de la ferocidad” el padre le cuenta al protagonista un cuento, entonces aprovecho a escribir un cuento dentro de la novela, escribir finales poéticos, o una metáfora de los golpes de un adulto... Entonces, mi idea de novela incluye la poesía directa y el cuento. El relato, la poesía, es un marco inflexible, mucho más exigente y más difícil para mí, por lo menos. Pero creo que puedo escribir cuentos también, aunque soy distinto: son relojitos mis cuentos si uno los lee, no les sobra una sílaba. En “La ley de la ferocidad” la primera vez que la leí le sobraban diez páginas y se las saqué. La segunda vez que la leí le sobraban cincuenta páginas y dije “no la leo más”, porque en esas cincuenta páginas que le sobraban cada tanto afloraba algo muy lindo, que era sostenido por la hojarasca, por encima de ella. En un capítulo determinado, el personaje va caminando después de haber comprado veneno en un supermercado y todo ese trayecto en el que va pensando concluye en una frase muy linda sobre la belleza y la angustia. Toda esa caminata estaba allí para llegar a ese momento, para crear en el lector una desidia que lo obligue a pensar “éste se perdió” y finalmente se sorprenda con el hallazgo.

C&MDe alguna forma también es una sorpresa para vos encontrarte con ese momento...
PR: Claro. Por ejemplo, en Mar del Plata, cuando vas por la avenida Colón subiendo por la calle y pensás “¿Dónde está el mar?”, y de repente te caés dentro del mar... eso es lo que trato de buscar, lo aprendí no en “El origen de la tristeza”, que son casi tres cuentos muy medidos, sino en “La ley...”, que yo me desestructuré por completo. Laura Restrepo me dijo que pensaba "¿Cómo va a hacer para cerrar todo esto Pablo?”. Y claro, para cerrar 200 páginas que iban para todos lados precisé ciento y pico de páginas de ir cerrando absolutamente todo, la maravilla de esa novela es justamente lograr cerrar todo lo que abro, que parece imposible.

C&M: Y aún así sos capaz de retomar en tu último libro, en una especie de flashback, las cosas que abriste en tus novelas previas, como si hubiera lugar para una perspectiva más.
PR: Yo creo que si le hago zoom a cada detalle de lo que escribo, podría escribir otro libro con cada detalle. Podría escribir otro libro sobre la espera del padre en el vuelo, aunque no me animo a escribir desde el punto de vista del padre porque sería muy difícil para mí. Pero cuando el padre se toma ese avión, fijate qué novela que hay ahí. El hijo le dice “sos un hijo de puta” y se va, borracho, y él se toma ese avión. ¿Qué habrá pensado en ese vuelo a Tucumán de hora y media? Y cuando le dicen que el hijo tuvo una sobredosis en el viaje de vuelta, fijate qué novela que tengo ahí.

C&MOcurre que también es muy notable en estas novelas que cuando tomás el tema del padre siempre es una figura objeto, y es muy difícil ponerse en la perspectiva de un objeto tan analizado y desmenuzado por otros personajes.
PR: Muy difícil.

C&M: Y sin embargo en “En cinco minutos levántate María” retomás los temas de las novelas previas, funciona de otra forma también por el cambio de la perspectiva a la mujer.
PR: Totalmente. Acordate "Mientras agonizo", de Faulkner, "El sonido y la furia"... La misma historia contada tres veces, y hay muchos casos. Cambiando la historia por completo. Porque la literatura realista no la escriben hechos concretos, o hechos reales. La escribe la vivencia de los hechos reales, transformados por la subjetividad en otra objetividad falsa. Por lo tanto la vivencia de Gabriel, de Alejandro, del padre, de María, son completamente diferentes.

C&M: ¿Tuviste que hacer algún tipo de proceso para meterte en la piel de María o es un personaje que ya venías construyendo, meditando? Porque es una persona muy presente para Gabriel en tanto vínculo afectivo, pero en las novelas anteriores queda soslayada casi a propósito.
PR: Lo venía pensando un montón. Tengo una facilidad... Fue un trabajo que se fue perfeccionando en las correcciones, con cuatro o cinco perspectivas, entre las cuales está la de mi novia, una escritora uruguaya brillante que se llama Fernanda Trías que ahora va a sacar una novela muy linda y dura llamada "La Azotea". Con ella, mi editora, Laura Restrepo que algo leyó y dos amigas, Patricia y Alejandra (una que es psicóloga y la otra que es periodista, pero que no ejerce), fui chequeando el registro, algunos diarios que mi madre me prestó... Todo el capítulo sobre Pablo, el chico que muere, está extraído tal cual del diario de mi madre. Ella llevó un diario desde que yo nací, mirá qué loco.

C&M: ¿Y cuándo te enteraste de esto?
PR: Me enteré hace unos diez años, pero es la primera vez que me deja leer algo porque sabía que iba a escribir esta novela. Ella va a estar el jueves en la presentación del libro. Es divina, escribe muy bien y es muy lindo esto que escribió. En cuanto al personaje, me fui metiendo y en el momento en que más involucrado estaba, la había escrito casi toda acá y no encontraba hueco para concentrarme y corregirla. Justo entonces me gano esta beca, que me permitió estar un año en Alemania (que es como estar en Marte para mí). No soy un gran fanático de Europa, no tenía ansias de recorrer Europa. Por tanto si me daban una beca para meterme en una cápsula espacial y quedar dando vueltas en el éter era lo mismo para mí. Yo me fui a Berlín, que es una ciudad preciosa, me quedé ahí y con dinero y sin dar clases, sin entender lo que dice la gente por la calle fue perfecto. Tardé dos meses sin desesperar y con el invierno tan crudo que me obligó a estar en la casa... me metí completamente en eso.
En un momento estaba escribiendo un capítulo que me faltaba, donde ella empieza a decir que extraña la menstruación, y yo pensando en lo que es la menstruación, en la molestia, el dolor, creía “nadie puede extrañar esto”. Entonces me acuerdo que llamé a mi madre, a las dos de la mañana (porque no me había dado cuenta del cambio de horario) y le pregunté si una mujer en la menopausia puede extrañar la menstruación. Me dijo “absolutamente”, y me contó todo lo que eso implicaba: la certeza de ya no poder tener más hijos, aunque ya no se quieran tener más. Y me di cuenta en ese momento que estaba pensando como una mujer de sesenta años, que estaba metida (sic) porque había logrado eso: mi personaje, en mi máquina, había extrañado la menstruación, después lo confirmé. Eso es la inspiración. La inspiración te agarra trabajando, en el medio del trabajo, de corregir, en un momento lográs un tono de inspiración. Y en ese momento un escritor lo sabe todo. Puede ser Jesucristo, mujer de sesenta años, niña, pájaro... lo que quiera. En ese momento el escritor se catapulta a una categoría de Dios en ese universo que creó, puede serlo todo y verlo todo. Y allí empecé a confiar en mí, y llegué hasta el final.

C&M: ¿Cuánto duró la experiencia de Berlín en relación a la novela?
PR: La experiencia de Berlín duró un año y la novela, entre correcciones y reescrituras, llevó dos años. Casi siempre es eso con mis novelas.

C&M: Y justamente te viniste de Alemania cuando se está desarrollando la Feria del Libro de Francfort (N. de la R: la más prestigiosa feria editorial del mundo, con Argentina como país invitado de honor en su Bicentenario).
PR: Poné esto bien clarito: que se metan en el culo a la feria de Francfort, que llevan a Silvia Plager, a Mario Goloboff, que no entienden nada de literatura y andan mintiendo por ahí... Es una feria de mercaderes, a la cual está bien que vayan los agentes y también que vayan los escritores, pero que ningún escritor sienta que perdió algo por no ir a esa feria. Creo que Cancillería organizó todo como el culo, estoy enojado y no quiero participar en nada más que organice Cancillería. La feria de Leipzig fue una vergüenza, no tengo ningún empacho en decirlo, como se los he dicho a ellos por mail. La verdad, Argentina quedó bastante como el culo, porque dos meses antes, un mes y medio antes, los alemanes no tenían la lista de los escritores que iban... Yo figuro en un montón de mesas, y no fui.

C&M: ¿Pero finalmente estabas invitado?
PR: No, me había pedido el embajador y después no me invitaron, “se les pasó”, después me llamaron... A Liliana Heker no la invitaron en la primera lista y después la llamaron dos semanas antes y dijo “No puedo ir, me comprometí en Rawson con unos alumnos secundarios que estudiaron mi obra”, fijate qué dignidad. Pero llevan a Silvia Plager, ¿entendés? Mario Goloboff es un tipo que está pegado al kirchnerismo y anda por ahí diciendo que Borges escribe en endecasílabos. Lo tuve en mi casa porque me dijo que era amigo de Liliana Heker y me mintió, ella me dijo después que era un traidor de “El escarabajo de oro”. Y después el tipo me empezó a discutir que Borges escribía en endecasílabos. Y va diciendo eso por el mundo, sin ningún empacho. ¡Y qué le van a rebatir en Europa si allá no entienden nada! ¿Sabés lo que es el ambiente literario alemán? Es una mina que escribe cuatro palabras y menta a García Márquez porque alguna vez se lo cogió o fueron amigos. Esa tipa, que es una mercader, más cuatro o cinco personas. La beca que me gané yo se la puede ganar Gombrowicz o yo, y se la puede ganar también un pelotudo porque nada garantiza nada, querida... Estamos metidos en un mundo literario que está manejado por los que menos entienden. Son incapaces de escribir y dicen lo que está bien escrito y lo que está mal, es un cago de risa. Si te toca, bienvenido sea: disfrutalo. Si no, no te preocupes, seguí escribiendo, no pasa nada. Y no tener miedo de decir lo que uno piensa.
¿Sabés por qué no me invitan más? Porque yo me lo preparé. Todos los de Cancillería leen mi blog y un mes antes de que den las listas yo les di con un caño. Y yo que no tengo empacho en decirte esto, te aseguro que voto a Cristina con los ojos cerrados, pero una cosa no tiene nada que ver con la otra. No soy un obsecuente del poder, no ando chupando culos para figurar. A mí me compran mis lectores por mi literatura, si mañana no salgo en ningún diario va a venir gente de los blogs o la web para hacerme notas, y mis lectores van a esperar. Eso es lo que tiene la internet: es la ley de medios empírica. Se viene practicando desde hace años. Yo me pongo un blog, escribo lo que se me canta, es gratis, dando la cara, por supuesto... la gente puede comunicarse conmigo, eso es fantástico.

C&M: Sobre ese puñado de ideas circulando por internet me interesaría saber si de alguna forma pensás que estas nuevas tecnologías aplicadas a, incluso, la literatura como práctica, lecturas compartidas, crítica literaria, análisis, debate. ¿Ha modificado o tiene algún tipo de injerencia en ese panorama editorial y literario argentino?
PR: Claro que modificó. Ha subido a la categoría de escritor a un montón de boludos. Internet permite que los cobardes escriban comentarios insultantes anónimos, por ejemplo. Tiene un lado positivo y un lado negativo, pero ese lado negativo es positivo también, porque es un tester online de la sociedad que estamos viviendo: la sociedad del cobarde, donde nadie dice lo que piensa, donde los escritores que se odian se miran a la cara y se sonríen. Que lo hagan los políticos está bien. Tipos que armen quilombos hay pocos. Que se sonrían entre sí y que en una mesa digan boludeces... no. Como hice yo con el pelotudo este de Mallo “Vos estás diciendo una boludez, estás ofendiendo al pueblo argentino”, en medio de la Feria del Libro. Y después cuando terminó me dijo “bueno, te quiero saludar” y le saqué la mano, “Yo no te quiero saludar, yo te quiero recagar a trompadas, pero en este espacio no se puede”. ¿Qué es un escritor hoy? Es lo contrario de lo que decía Platón: es un tipo recontra comprado por el sistema. Él decía “El poeta fuera de la República”; hoy, si está fuera de la república, es un paria... Fijate lo que le pasó a Henry Miller, escribió un libro nomás. Después, cuando se hizo millonario, se fue a vivir a California con una pendeja en una mansión y escribió “Sexus”, “Plexus”... ¡Un tipo que tenía talento, escribió basura literaria! Cuando el tipo estaba en la lona, que tenía una necesidad verdadera de escribir salió “Trópico de Cáncer”, para mí su único libro.
Cuidado, entonces, donde me pongo yo. No está mal ganar guita, pero cuidado si ganás guita a dónde te vas a vivir. Seguí viviendo en el barrio, ayudá a alguien... Fijate Fito Páez, fijate el rock... ¿Qué es el rock? Es lo más comprado por el sistema. ¿Bob Dylan era un rebelde? ¿Dónde? Jimmy Hendrix era un rebelde. Le importaba la música. Si vos estás preocupado como Bob Dylan por mandarte a fabricar una armónica de diez notas para no errarle, o como Morrison, de tocar cada vez peor... ¡andá a cagar! Yo a la rebeldía de pantalones apretados no me la como. La rebeldía que me como es la de Sartre: escribiendo, pensando, yendo a los sindicatos... ¿Por qué hago yo la presentación en Hernández? Porque la calle Corrientes todavía tiene esos lugares feos. Yo soy muy amigo de la gente de Eterna Cadencia, podría hacerla ahí,... pero no quiero ir a Palermo a presentar mi libro. Quiero ir a calle Corrientes, donde todavía se contratan libreros que saben de literatura. Donde la librería no es una boutique: es una librería con los libros que yo preciso. ¿Por qué al FILBA, en vez de hacerlo en el Malba, no lo hacen en el Sindicato de la Carne? Le tiré esta idea a Liliana Heker y vamos a organizar un festival de literatura en los sindicatos. El lugar del escritor son los sindicatos, no el MALBA, la casa de Constantini. 

C&M: ¿Hay alternativas reales a esos espacios?
PR: Puede ser cualquier lugar donde esté la clase trabajadora, donde puedas también ir a decirles a los sindicalistas en la cara lo que querés decirles. Yo creo que estamos recontra cómodos en esta posición de amigos todos de todos, y trato de romper con eso. Hoy se comenta sobre (Roberto) Bolaño y nunca nadie dice “Qué buen escritor en Llamadas telefónicas, qué pésimo escritor en Putas Asesinas”. Hoy, hablar en contra de Bolaño es no ser cool. “Los detectives salvajes” me parece una de las cosas más aburridas... no pude pasar de la página 100. “Llamadas telefónicas” me parece un libro extraordinario. Y Bolaño me parece un escritor bueno. Nada más. Que no brilla casi nunca. Fernando Vallejo lo dice: no sabe construír oraciones. Lo mismo me pasa con (Mario) Levrero, lo mismo me pasa a veces con escritores que están super consagrados, que están allá arriba, sobrevalorados.

C&M: Convengamos que pasa en todas las artes.
PR: Bueno, entonces no pasa nada. Ahora, digo, con esto del premio Nobel, pensaba dedicarle al blog mío un comentario sobre esto. Un ejemplo es Andrés Caicedo. A Fabián Casas yo lo adoro, pero inventa mitos. “Viva la música” es una novela muy imperfecta. Que Caicedo se haya suicidado joven me da lástima, pero no lo convierte en John Kennedy Toole. Hay una novela mejor, anterior a “Viva la música”, pero antes que decir “qué buena novela, esta”, propongo pensar “Qué excelente escritor que nos perdimos: de haber estado vivo, de haber seguido trabajando su obra...”. Pero no, precisamos los prodigios fugaces. Y precisamos ídolos o referentes literarios bastante bajos. César Aira tiene la culpa, también, de decir “no, corrijámonos en la publicación, tengamos escritores más a la altura nuestra”. Porque si yo digo Levrero, me queda más cerca que si digo (Juan Carlos) Onetti. Si yo releo a Onetti digo "puta madre, qué difícil es ser un escritor enorme, brillante, un genio". Si yo digo que Levrero (que es un muy buen escritor a veces, a veces es sólo bueno y a veces es malo) es un genio, lo que estoy diciendo es “qué fácil que es ser un genio”. Agarro y escribo mi diario íntimo, de todos los días lo que hago, intercalándolo de vez en cuando con alguna barbaridad, para que un poco pegue. Y todo en un tono de perdedor.
Fijate lo que dijo este Hernán Firpo (N de la R: autor de "Escupir"), que hizo el diario de un escritor fracasado... que "para publicar hay que ser alumno de Pablo Ramos, que tiene amigos en el Fondo Nacional de las Artes". Yo lo fui a buscar a Clarín para cagarlo a trompadas después de escribir el comentario, y bajó y hablamos. Él que la va de “la pluma de Clarín”... ¡la pluma de Clarín, si va al Maipo! El pibe este escribe su novela y escribe el diario de cómo no se la publican. Como pega en Argentina “La novela luminosa” de Levrero, que es la historia del fracaso de escribir una novela... ¡Por lo menos a Levrero se le ocurrió a él! Pero este qué hace: va y Chitarroni le dice “yo te publico la novela, pero tenés que incluir el diario”. Y el tipo va y lo hace. Que se entienda, la novela no se publicaba por eso, porque era mala. A Firpo se lo dijeron en un comentario y se enojó. Ahora, fijate lo mala que sería que vos aceptás lo que sea por publicar. Es lo mismo que hicieron Marlon Brando o Alain Delon. Si fueran minas, dejarían que se los cogieran.

C&M: En la generación alrededor de los treinta años, en lo que toca a los escritores, sobrevuela una sensación de que si no llegan ahora no llegan más, que tienen que estar como sea en el candelero, y surgen muchas chicas escribiendo literatura presumiblemente erótica sin haber leído nunca a Bukowski, al mejor Miller, a Anaïs Nin.
PR: No leyeron la mejor literatura erótica de la historia, que es el Cantar de los Cantares de la Biblia. Por ejemplo, Diego Grillo Trubba es un desastre... un boludo que escribe. Nos invitó a leer un cuento erótico, a mí y a una chica que ganó el premio Clarín, Patricia Suárez, que llevó a su hija de diez años. Yo leí la parte de Gabriel de “El origen de la tristeza” donde va con el afiche al taller, porque eso es erotismo. ¿Sabés lo que es la literatura de Grillo Trubba? “La puso en cuatro, le abrió el orto (usa la palabra “orto”, sí), le puso la pija en el orto” y cuando termina yo, que me calenté, le dije: “Escuchame una cosa, aparte de que es malo lo que leíste, hay una nena ahí, en el momento de leer ¿no te surgió correrte un poco, cambiar el texto?”. “Y para qué la traen” me dice. Pero en el momento me doy cuenta de lo que vos sos, flaco. En el momento de leer, preferible quedar como un tarado pero no leer esas cosas adelante de una niña de diez años.
Patricia Suárez, Claudia Piñeiro, Angela Pradelli son excelentes escritoras y ellos las tienen en menos por haber ganado el premio Clarín. Oírlas hablar de literatura da gusto. Las escuchás hablar a cualquiera de ellas y te sacás el sombrero. ¡Y estos boludos no leyeron dos libros! ¡no leyeron! como dice Gabo (Ferro): “La joven guardia es de la escuela de Frankfurt: tienen todos los libros de Adorno”.

C&M: En el mercado literario actual, abriendo el panorama a editoriales chicas y a la autogestión, ¿creés que hay lugar para todo lo que se publica?
PR: Hay fenómenos. Fabián Casas, Cucurto con su Eloísa Cartonera y la idea que le han copiado de todos lados. Fijate Mariana Enríquez, la misma Fernanda Trías tiene 34 años y escribe como los dioses, el segundo libro de Samanta Schweblin, Inés Garland, Alejandra Laurencich.. “Una reina perfecta” de Inés Garland. debe ser uno de los mejores libros de cuentos de los últimos 20 años en la literatura argentina. Alejandra Laurencich también, “Coronadas de gloria” es un librazo. Pero están en la casa escribiendo, y las invitan cada tanto porque no andan, no son pendejas como las otras que andan escribiendo de chupar pijas. Roban a dos manos. Florencia Abbate es un invento del año cero, tiene sus momentos pero la escuchás un rato, va a un debate fumada y habla boludeces, ¡se comió lo de la estrella de rock! Están metidos todos en una trenza, la Academia también.

C&M: Pero también está un poco esta tendencia de ponerse en una vereda o en otra y dejar que se diluyan estas cuestiones que enriquecen al debate sobre la literatura, como descubrir que un buen escritor puede ser uno malo en un momento de su vida.
PR: Hay lugar, pero el tema es que quizá se publica demasiado. Cada uno que haga lo que quiera, pero que sea responsable de lo que hace. Al final va a quedar la obra; nosotros pasamos de largo en dos minutos. Para que una obra se sepa si es buena de verdad hacen falta cincuenta años, no cinco. Vamos a ver en cincuenta años qué se sigue leyendo de todo esto. Ahora hablan de Arlt, Borges, Lamborghini. ¿Por qué nadie habla de Puig, de Denevi, de Manuel Mujica Lainez? Mujica Lainez escribe como dos Borges, ¿no se dieron cuenta de eso?

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Leer la reseña de "En cinco minutos levántate María"
La presentación del libro se realiza el jueves 14 de octubre a las 19 hs en librería Hernández, Corrientes 1436 - Ciudad de Buenos Aires.





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