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ENTREVISTA


Entrevista a Federico Falco, autor de "La Hora de los Monos"

"ME INTERESA MUCHO LA LITERATURA DE LA IMAGINACIÓN, NARRAR AL EXTREMO"

Federico Falco es el cuarto autor que edita Emecé en su colección de relatos, que se inició en 2009 con Samanta Schweblin y que continuó con Mariana Enríquez y Oliverio Coelho. Exponente distinguido de la nueva narrativa argentina, este joven cordobés se encuentra actualmente en Nueva York para llevar adelante un master en escritura creativa.
De visita en Buenos Aires, dialogó con Cine y Medios sobre sus raíces literarias, la forma en que trabaja, la experiencia de escribir "La hora de los monos" y sus proyectos a futuro. A lo largo de la charla, Falco deja entrever que detrás de una voz original y atrayente hay mucho más que amor por las palabras.

Cine&Medios: ¿Cuándo te surge la necesidad de escribir a partir de tu experiencia como lector, abriendo el camino a una producción propia?
Federico Falco: Yo empecé a escribir bastante chico. Empecé a escribir bien ya de grande, pero habré tenido doce o trece años cuando empecé. Vivía en un pueblo donde no había, y de hecho no hay, librerías; había bibliotecas, pero pocas. Tenía la suerte de que en mi casa había una biblioteca grande, ya que mi mamá leía mucho, y a pocas cuadras de casa vivía mi tía, que tenía una buena biblioteca. Entonces a medida que leía, me pasaba de ver muchos libros que me daban intriga; yo quería leer libros para grandes y en un momento casi como un desafío personal sacaba y leía lo que podía. Casi sin querer empecé a querer escribir lo mismo que leía: libros para grandes. Escribí historias de las cuales gracias a Dios no sobrevivió ninguna, que eran una especie de juego en solitario
C&M: ¿Siempre fueron relatos breves o en algún momento se te cruzó intentar algo más largo: nouvelle, novela...?
FF: De hecho, hubo una época en la que tendría 12 o 13 años en la que estaba totalmente obsesionado por Sidney Sheldon. Leía todos sus libros y escribí una novela, o algo que en ese momento yo pensaba era una novela pero que hoy sería más bien un relato largo escrito con lápiz en hojas de carpeta con tres ojalillos. En realidad mi principio fue ese, y después... ¡¡Tenía 13 años!! no sé, ni siquiera sabía la diferencia entre un relato, una novela. Yo escribía, simplemente.
C&M: Puede parecer que un escritor siempre tiene muy claro desde dónde empìeza; qué es lo que le gusta, y a veces hay una especie de compulsión que va llevando a un relato a alargarse, a desarrollarse. ¿Qué fue lo que te pasó a vos exactamente?
FF: Yo nunca la tuve muy clara, ahora tampoco. Creo que uno encuentra la forma real que tiene el texto cuando le pone el punto final. Sí es cierto que en general escribo textos cortos que podrían entrar dentro del cuento breve, del relato, algunas cosas que tal vez serían más parecidas a nouvelles. Este libro básicamente es de eso. Siempre estoy intentando escribir una novela, con mayor o menor éxito, nunca he terminado ninguna porque simplemente las historias que se me ocurren se agotan en una poca cantidad de páginas. Pero respecto a la pregunta, no la tengo clara. Uno escribe y van apareciendo cosas y después te das cuenta un poco qué es lo que surgió.
C&M: Una pequeña digresión: estás viviendo en Argentina?
FF: En realidad yo suelo vivir en Córdoba, pero desde el año pasado, desde agosto o fines de julio, vivo en Nueva York. Estoy haciendo un master en escritura creativa en la universidad, y luego voy a hacer un semestre en Madrid. Después de regresar a Nueva York por el segundo semestre y la tesis, en junio volveré acá. La experiencia es una especie de sueño hecho realidad. Yo siempre viví en Córdoba, y vivir en una ciudad como Nueva York, que es alucinante, con la posibilidad de participar de cosas creativas y tener financiación para escribir, con un grupo de personas excelentes, es una experiencia increíble.
C&M: ¿Tus colegas en el master son todos hispanohablantes?
FF: Hay gente de Latinoamérica, hay gente de España y hay personas que nacieron de familias latinas pero son ciudadanos norteamericanos. La lengua en la que se dicta el master es el español.
C&M: ¿Estás desarrollando algún proyecto propio dentro o fuera del master que estás haciendo? Sos de enfocarte en una sola cosa hasta el final?
FF: No, soy terriblemente desorganizado. Siempre estoy leyendo y escribiendo varias cosas a la vez. En este momento algunas cosas las estoy corrigiendo o escribiendo una primera versión, esperando a terminar otras... Básicamente el master implica que haya una producción, lecturas, pero se puede escribir libremente y en general los trabajos prácticos y las entregas son textos propios que se pueden compartir con los propios profesores. Sí hay un proyecto principal en el que estoy trabajando, que eventualmente se convertirá en mi tesis para el master y lo trabajo un poco en todas las materias. Somos pocos alumnos, unos quince, así que los profes siempre saben más o menos en qué está trabajando cada uno, leyeron bastante, nos conocen... Uno de los objetivos es generar, que uno produzca para sí mismo y para el master.
C&M: Está muy claro que tu vivencia como habitante del interior del país, tus experiencias de la vida de pueblo están presentes en tu escritura más que nada en construcción de momentos y personajes. Para vos, más allá de lo que se vea reflejado en el objeto de escritura, ¿qué relevancia, qué peso tienen la vivencia y la experiencia en un relato de ficción?
FF: En realidad tiene importancia, mucha. Pero yo por lo general no escribo cosas autobiográficas. De hecho, creo que una sola vez un solo cuento o relato fue autobiográfico pero en definitiva era mentira. Son cosas que vi como testigo muy lejano o que me contaron. A mí la perspectiva de personaje lejano en cierto modo se me queda en la cabeza y me anima a preguntarme quién es ese personaje, por qué se viste como se viste, como que empieza uno a maquinar y a inventarse una historia respondiendo a ese punto. Lo que sí creo es que uno escribe desde una experiencia de vida, desde un mundo que conoce y en el cual vive. Por más que estés escribiendo una novela que transcurra en Marte, la forma de ver cómo se relacionan los personajes, cómo se desarrolla un conflicto, es la forma que vos tenés por el lugar en el que vivís, en el que te criaste. Lo que siento es que uno está prestándole todo el tiempo a sus personajes ese tipo de cosas, como la sensación de tomar un café. Yo tiendo a pensar que mi vida es poco interesante, no tengo muchas cosas que contar, pero sí imagino muchas cosas y las cosas que no quiero contar directamente no las cuento, ni siquiera disfrazadas.
C&M: ¿Nunca te planteaste como desafío la descripción de una situación extrema, que nunca hayas vivido y de la que no tengas ningún tipo de aproximación directa?

FF: Sí, de hecho es justamente lo que más trato de escribir en este último tiempo. Lo que me pongo a pensar es cómo reaccionaría yo o este personaje en esta situación, y tratar de pensarlo desde un lugar de cierto sentido común. Particularmente me interesa mucho esa literatura de la imaginación, de narrar las cosas al extremo; no me interesa contar los mundos conocidos, sino más bien esos universos como de dibujos animados, donde está claro que no es el que conocemos, sino que está un poco corrido. Las cosas son parecidas, pero no exactamente y hay reglas propias, esa cosa que tiene la ficción en la que uno busca que el lector se compenetre y disfrute, pero a la vez teniendo la sensación todo el tiempo de que eso no es verdad.
Yo puedo así pensar a la literatura como un diálogo, diferido en el tiempo y que eventualmente se va a completar, que la persona que en algún momento lea sienta que del otro lado hubo alguien que estuvo pensando las cosas. Yo lo pienso como contarle a una persona una película que acabo de ver, o cuando estás viendo una obra donde la escenografía es muy de cartón pintado y aún así aceptás lo que te muestra. Es aceptar las reglas de juego, todo discurso tiene sus reglas. Este es un mundo de cartón pintado, una experiencia que la gente puede decidir vivir o no. Una de las formas en que me gusta pensar los textos es como si fueran esos arreglos japoneses, las ikebanas, pero hechos con flores de plástico. Unas flores que pueden ser buenas, pero que aún así tienen un detalle muy artificial, que se nota a simple vista. En definitiva, una forma armónica aunque un tanto extraña y asimétrica de materiales totalmente falsos, sin pretensiones de hacerse pasar por verdadero. Porque si intentara hacerse pasar por verdadero, es muy rudimentario y obvio. Me gusta pensarlo así también porque, en definitiva, ¿para qué sirve un adorno de flores de plástico? No llega a ser bello, no cumple realmente ninguna función. Está allí, nadie sabe para qué sirve, entretiene a la vista pero a la vez también la puede ofender. Es lo que pasa con los textos.
C&M: Esto a lo que has llegado con tus textos ya se podría decir que es una forma muy personal y tuya de escribir. ¿Reconocés en ellos, después de años de trabajo, las historias que te gustaba leer cuando eras más joven o has llegado a una voz propia?
FF: Sí, claro... Pero nada es nuevo en este mundo, tampoco me interesa generar algo nuevo. Sí creo que con este libro yo me siento muy cómodo, en el sentido de que encontré la manera de plasmar mi propia forma de ver lo que un cuento tiene que ser. Me siento cómodo escribiéndolo; por más que sean textos incómodos, un poco bizarros, quizá en un punto sean "originales" simplemente porque son míos, porque responden a una forma particular de ver el mundo. Si los escribiera otro, serían diferentes. Sobre todo hay que ser sincero a la hora de escribir, no escribir pensando en un modelo de cuento sino en algo que uno sea capaz de sentir que funciona allí.
Por un lado siento eso que identifico con la comodidad, que habla de una cierta madurez y de una etapa de crecimiento, aunque espero no haber madurado del todo. Y por otro lado creo que paradójicamente buena parte de esa comodidad viene de haber vuelto a ciertas lecturas y ciertos géneros que me interesaban mucho cuando era adolescente: la novela de aventuras, el melodrama, esas cosas que hacen al placer de leer y al placer de contar, también. Creo que para mí fue muy importante en estos últimos años aceptar esas lecturas como una parte importante de mí. Antes sentía que eran cosas medio gronchas,por decirlo de alguna manera, y hubo un momento donde sentí que había que escribir esa cosa groncha, que la tenía que sacar porque me emocionaba, aún si otras personas podían considerarlas de baja calidad. Géneros menores o demasiado populares. Y descubrí que me interesaba mucho trabajar, escribir eso.
C&M: ¿Existe para vos lo que vulgarmente se conoce como inspiración? Esa idea que quizá funciona como un detonante... ¿O más bien te sentás a producir algo a conciencia, sobre un objetivo?
FF: No sé hablar de inspiración, lo pienso más como un estado de alerta. Si uno está alerta, puede reconocer que allí hay una idea en potencia. Quizá eso es lo más cercano al concepto de inspiración que me pasa a mí. A la hora de escribir narrativa hay dos momentos: el momento en que se te ocurre la idea y el momento en el que tenés que sentarte a escribir. Y el sentarse a escribir, a corregir, es un trabajo: tiene que ver con esto de que hay alguien que lo va a leer, que lo tiene que entender y disfrutar y hay que hacerlo a conciencia. En lo personal no funciona para mí la inspiración más que como un detonante. A mí los momentos en que más se me ocurren las ideas es cuando estoy manejando, cuando estoy en la ducha o a punto de quedarme dormido. Después es agarrar un papelito, la birome, anotar para no olvidarlo... Y después es un trabajo, que es la parte por momentos más fea, ¡como todo trabajo! Muchas veces no sale, a veces sale algo que no te gusta o esa idea genial que en un papelito parecía perfecta, cuando la ponés en papel no funciona, o hay que pulirla o te das cuenta que es una estupidez. O que no tenés la forma de escribir lo que tenés en la cabeza de la forma en que lo habías pensado, quizá por falta de talento o de recursos. En mi caso funciona en base a cierto orden, y el resto del tiempo el texto se mantiene atrás, latente; uno está viviendo y paralelamente pensando en el texto en el que trabaja.
C&M: ¿Cuál ha sido el cuento que más te costó en términos de tiempo, por poner un ejemplo de este libro?
FF: El cuento de los canarios. Me llevó mucho tiempo. Diría que desde la primera hasta la última versión pasaron dos años, aunque no creo que dos años de trabajo. La primera versión no me gustaba, quedó abandonada y luego la usé para una obra de teatro; después la volví a escribir, pero sí, la versión actual fueron seis meses de trabajo. Obviamente no es que sólo trabajara en ese relato. pero todas las semanas al menos dedicaba dos días a trabajarlo. Me pasaba con este cuento algo que nunca antes: tenía el texto final y sólo me parecían bien escritas las diez o doce páginas del comienzo y las diez últimas páginas. Lo que estaba en el medio estaba muy mal escrito. La historia terminó siendo la misma, pero la forma en que se contaba esta historia no funcionaba. Quería poder enganchar ese relato de forma coherente y me costó muchísimo. Incluso me escribía con una amiga en medio de todo este proceso y cuando ella me preguntaba en qué estaba trabajando le respondía "el de los canarios". Otro amigo al que quiero mucho me decía "¿todavía con ese cuento? ¡¡Dejalo!!". Pero mi actitud con ese cuento era de no dejarme ganar, soy muy porfiado. Con esta historia en particular me sentía desafiado.
C&M: En el libro se puede apreciar que de un relato al otro se producen rupturas (en los climas, en las temáticas, en las voces de los narradores). ¿Este tipo de unicidad fue algo que buscaste al armar el libro?
FF: Creo que lo que incide allí es un cierto malentendido conmigo mismo. Yo siempre veo que en este libro hay una unidad; hay un hilo, un tono que siento en lo particular y que incluso lo pensé bastante. Pero en general lo que me dicen es que no se nota esa unidad. ¿Cómo lo armé? Fue una primera etapa en la que escribí mucho. Algunos cuentos ya estaban escritos, otros por la mitad, cuando me invitaron a participar en esta colección y puse de mí muchos cuentos, para poder elegir de esa base los que iban a quedar. Y llegó un momento donde descarté varios (había el doble de cuentos), primero por una cuestión de calidad, que yo sentía que los otros todavía no tenían, o buscando esa unicidad. Y después un proceso más largo de corrección de esos cuentos y el ordenamiento. Siento que en algún punto hay como climas que se repiten, entiendo y me gusta que me comenten que hay ruptura entre ellos. Uno es una persona compleja, compuesta de muchas cosas y quizá eso siempre se expresa en el libro. Hay cosas que yo quería trabajar conscientemente, como el melodrama, y queda ese relato puesto junto a uno notablemente más seco, o junto a un cuento de aventuras, más allá de una cierta consonancia personal.
C&M: Viendo que trabajas mucho en solitario con la producción y elección de los cuentos, ¿qué incidencia tiene un editor o un corrector en tu obra?
FF: En general trato de mostrarles a varias personas (editor, varios amigos) el producto ya terminado, cuando considero que está lo más ajustado a lo que yo quería hacer. También puedo ponerle un punto final, dejarlo descansar un tiempo, volver a leerlo, volver a corregirlo, y después sí dárselo a un par de amigos en los que confío mucho y que serán totalmente sinceros. Soy solitario en el punto de la escritura en sí, a la hora de corregir me parece que es importante el primer lector. Uno conoce toda la historia pero no puede leer exactamente cómo quedó escrita, habiéndola acompañado en el fragor de la batalla. Es necesario un lector neutral que pueda verlo desde afuera. Sí es necesario y esencial un editor para configurar el producto final, cómo armar el libro.
C&M: ¿Cuál es tu interacción con otros cuentistas, otros narradores que componen el panorama de la literatura argentina actual? ¿Los leés, te interesan, te generan algún tipo de preferencia?
FF: Particularmente me interesa mucho leer a mis contemporáneos, me interesan la literatura, el teatro, música, artes visuales... El arte ilumina la realidad desde un determinado lugar y también hay que aprovechar esas cosas, ver cómo alguien que tiene tu misma edad y vive en tu mismo país está leyendo lo que sucede y cómo lo puede expresar. Hay que hacerlo, trato de leer la mayor cantidad posible, lo que es complicado ya que se publica mucho y muy bueno. Conozco a algunos autores, con otros tengo una relación de cierta simpatía mutua aunque distante, otros son mis amigos. Si bien siempre vengo a Buenos Aires con alguna regularidad, veo a mis amigos siempre que puedo, aunque viviendo en Córdoba no participo de la vida cultural porteña hasta un punto de interacción ideal. Hay una literatura de gran calidad en este momento, una narrativa y una poesía realmente excelentes. Los tres chicos de la colección (Nota: se refiere a Samanta Schweblin, Mariana Enríquez y Oliverio Coelho) son excelentes, para mí es un lujo compartir esa colección con ellos. Creo que hay muchísimas cosas muy buenas.
C&M: ¿Encararías un proyecto conjunto con otras personas? Ya sea teatro, antologías, un algo que te saque un poco de la parte solitaria de escribir.
FF: En una antología o una colección la interacción pasa más que nada por el antólogo, no hay un trabajo real con los otros escritores, pero me interesa muchísimo la creación colectiva. Durante un tiempo trabajé haciendo videoarte. Muchos de mis amigos trabajan en cuestiones audiovisuales, ya sea más artísticas o comerciales. Mucha gente muy querida se dedica al teatro y he trabajado con ellos en un par de proyectos. Escribí una obra, hice la dramaturgia de una obra con un par de amigos, tratamos de disfrutar de esta parte colectiva de la creación. Me interesa particularmente la dramaturgia desde la literatura, me interesa pensar en la instancia en que la literatura puede incorporar cosas de la dramaturgia. A su vez, Córdoba es una ciudad que tiene una movida teatral independiente enorme, con muchísima gente muy talentosa haciendo teatro y se generan obras muy fecundas, hay un ambiente propicio para crear, una energía para sacar adelante proyectos nacida de la falta de recursos, de la necesidad de trabajar con lo que hay desde un lugar muy creativo.

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