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EDITORIAL

EL FIN DE UNA ETAPA

Si bien los medios nacionales no suelen dar espacio a este tipo de noticias, semanas atrás y cuando aún no se disipaba el polvo levantado por el estreno masivo de "El Código Da Vinci" comenzó a tomar fuerza el rumor del cierre de algunos espacios de exhibición privilegiada para el cine nacional. El cine de producción y distribución modestas, claro está: "Patoruzito" y "Tiempo de Valientes" difícilmente llegaban a ocupar estas salas en semana de estreno.
Sin embargo, a lo largo de tres años la iniciativa Espacios Incaa surtió un efecto benéfico, sobre todo en los lugares del interior del país donde antes el cine nacional llegaba tarde, mal… o directamente no se presentaba.
Hacia agosto de 2003, una iniciativa del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales contempló la posibilidad de llevar el pequeño cine de producción nacional (ese que en su gran mayoría representa a Argentina en festivales independientes a nivel mundial) a diferentes salas del interior del país, preferiblemente ciudades cabecera de provincia o capitales.
Así, durante la gestión de Jorge Coscia, el Cine Gaumont se convirtió en el primer Espacio Incaa, con el km 0, convirtiéndose en referencia para el resto de los "espacios", que pasaron a llevar por nombre el número de kilómetros que los separan de este punto. En tres semanas, a los complejos Gaumont y Tita Merello (Km. 2) se sumaron ciudades como La Plata (donde el Cine Municipal del Pasaje Dardo Rocha pasó a ser Espacio INCAA Km. 60), y diez ciudades más, desde Rosario hasta San Juan.
La fiebre del cine nacional llegó hasta Nueva York: en la sede del consulado argentino, supo estar el Km. 9300. Se hablaba de "espacios INCAA alrededor del mundo"; se hablaba (como desde hace tanto tiempo) de nuevo cine argentino o "boom" de producción. Se hablaba de Industria Nacional, cuando la provincia de San Luis anunció con bombos y platillos su programa de impulso a la producción audiovisual.
Hoy, de los casi 30 espacios originales, persisten trece. Y de estos trece, pronto cerrarán tres más. Uno de ellos, ironías de la vida, en la ciudad de San Luis, capital de la provincia homónima. Otros, en Tandil y Santiago del Estero. No sería tan serio si no fuera porque los complejos que antes acogían estos espacios son prácticamente los únicos referentes cinematográficos en dichas ciudades.
Y con esto, la distribución de las películas relativamente modestas del cine nacional queda sujeta ahora a la cada vez más caprichosa decisión de las distribuidoras más grandes, esas que con sus tanques imponen la programación que "le gusta al público", con promesas de mejores ganancias, pero muchas veces, con condiciones leoninas de exhibición que obligan a los programadores a elegir lo más conveniente en términos comerciales.
Tal vez no sea el fin de la utopía de la industria nacional, o del relativo boom del cine argentino. Pero si a estos cierres sumamos los distintos factores de preocupación surgidos de algunas falencias de la Ley de Cuota de Pantalla, hay que concluir que estamos indudablemente frente a un tiempo de cambios.
Habrá que ver quién se atreve a tomar la posta y poner lo que hay que poner para que el cine hecho en argentina no termine desintegrándose en el camino.



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