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EDITORIAL

MORDIÉNDOSE LA COLA

Primero fue el cassette. Con un deck adecuado uno podía pasar la música del vinilo a una cinta y así disfrutarlo en el autoestéreo o en un grabador portátil, con más comodidad de la que podía ofrecer un tocadiscos. En los 80 llegaron los grabadores con doble casetera. Entonces se podía copiar de un cassette a otro. Pasaron varios años para que el contenido de un vinilo o de una cinta pudiera pasarse a un soporte digital. El Dat primero, el Minidisc después, hasta llegar a los actuales cds donde podemos almacenar todo tipo de datos.
¿Es acaso este avance tecnológico producto de un sistema marginal? ¿Son los mencionados productos generados por una industria paralela, al margen de la ley?
De ninguna manera. Las misma corporaciones que fabricaban los discos o cassettes en los que se indicaba que no estaba permitida su reproducción y/o duplicación, fueron las que inventaron y pusieron en el mercado lo artefactos que permitian esas acciones.
La esquizofrenia de un mercado que por un lado fabrica cds con restricciones para su uso, pero también fabrica los elementos para su “mal uso”.
En definitiva lo que no obtengan con la venta del cd original, lo obtendrán con la venta del cd virgen, de la grabadora de cds y de vaya uno a saber que otros tentáculos de pulpos que desconocemos.
Sí es cierto que los más perjudicados son los artistas. No son ellos los que ponen precio al producto terminado y como consecuencia se perjudican por la baja en las ventas. Eternamente sometidos a recibir un dólar promedio por disco vendido, a excepción de Luis Miguel o Madonna -íconos de la industria-, la ganancia siempre se hizo y se seguirá haciendo con las presentaciones en vivo. En definitiva al artista lo único que realmente le sirve es la promoción. El disco es su mayor propaganda para lograr llenar los lugares adonde se presente. Como llegue ese disco a las manos del público es un tema que le preocupa principalmente a las empresas. Pero, paradojicamente, no hacen nada para revertir la situación. Trabajan para ese segmento del público que mantiene un buen nivel adquisitivo, se conforman con poco. No demuestran interés por sumar nuevos clientes. Esos que solo gastarian 5 pesos por escuchar el tema de moda, efímeras canciones que duran una temporada y por la que jamás invertirían 27, 30 o hasta 35 pesos.
Esa clase social que no gastaría entre el 5% y el 10 % de su salario en un disco no recibe alternativas de parte de una industria que no se mira jamás en el espejo y echa siempre las culpas afuera. Obviamente los artistas mimados de la industria, taquilleros y funcionales al sistema más mercantilista y menos artístico se ajustan a las quejas de las empresas.
Hoy es internet. Va a ser difícil la batalla. Nada es real, todo es virtual. Ahora quieren vender vía web una canción o un álbum. El formato mp3 no es de calidad. La música acaba pauperizada. Si esto ya había sucedido con el compact disc, donde aún los niveles de bajos no llegan a conmover como el vinilo lo hacía, aún habiendo probado soportes con oro y vaya uno a saber qué otras cosas más, peor será comercializando un sistema de datos donde mucha información acaba siendo anulada so pretexto de la imposibilidad humana de percibir esos cambios. Ni que hablar de la siempre decadente industria nacional que sufrimos todos los melómanos al intentar adquirir un disco de calidad y encontrarnos con ediciones sin sobres internos, discos que se doblaban al contacto con la luz más tenue, cds con pésimas impresiones de tapa y recortes en la información interna. Ni que hablar que en la argentina practicamente no se edita múscia de catálogo y la globalización no es un término conocido por las discográficas. De la movida roquera mexicana apenas llegan los Tacuba, de Chile solo La Ley (Y porque están radicados en México), de Brasil ni hablar y de España, menos. Pedir discos importados es prohibitivo con un dólar a $ 3 y un Euro imposible.
Ver el intercambio de música por internet como un delito es adecuar la realidad a una visión egoista de la industria. Nadie está efectuando una transacción, las bajadas no se pagan. Es más parecido a cuando se le presta un disco a un amigo, solo que eso se dificulta cuando la otra persona está en Finlandia. Entonces se coloca en la red. Claro, es un concepto alejado del capitalismo y la propiedad privada. Será cuestión de buscar un punto medio más acorde a la revolución que representa internet.
Da la sensación que las grandes compañías se pelean contra una sombra. No comprenden e intentan utilizar su poder para volver a poner las cosas en un lugar donde ya no hay espacio. Como pretender meter la pasta dental nuevamente en el pomo. 
Ya salió, ya fue.



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